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Wednesday, March 10, 2010

Atemporalidad e insilio en Cuba: El arte de la espera


foto de Orlando Luis Pardo Lazo

Quiero reconocer y agradecer la gentileza del colega y amigo, el Dr. Narciso Hidalgo, profesor de la University of South Florida, por la aportación a Manguito Review de su estudio sobre "Atemporalidad e insilio en Cuba: el arte de la espera". En este ensayo interpretativo, Narciso Hidalgo resume el mensaje implícito del filme de Eduardo Lamora como el reto diario al que se enfrentan los cubanos vecinos de lo que fue el central Guatemala (antiguo central Preston) de resistir pasivamente las restricciones de libertad en las que se encuentran. Hidalgo caracteriza la marginación geográfica de los vecinos como un exilio interior (insilio), cuya única alternativa sería la salida del país. El ensayo de Hidalgo también sugiere que las "ausencias afectivas", con las que se encuentra el exiliado realizador del filme a su retorno después de 27 años de ausencia, son sintomáticas de un exilio aún más verdadero: el exilio del regreso.

Foto de Orlando Luis Pardo Lazo
El hombre al que su tierra natal le parece dulce es todavía un tierno principiante; aquel para quien toda tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el hombre perfecto es aquel para quien el mundo entero es una tierra extraña. El alma joven ha fijado su amor en un lugar del mundo; el hombre fuerte ha extendido su amor a todos los lugares; el hombre perfecto ha apagado su amor
. Hugo de San Víctor, monje del Siglo XII

Dr. Narciso Hidalgo
Cuba: el arte de la espera, documental de 80 minutos escrito y dirigido en el 2008 por el cineasta cubano Eduardo Lamora, a grandes rasgos, describe el viaje que hace el realizador a su pueblo natal después de casi treinta años de exilio.

La primera expresión que el espectador recibe, una vez rodado el documental, es la de un discurso en el cual se relatan las carencias, limitaciones y vicisitudes económicas y sociales que viven los habitantes del poblado del central Guatemala, antiguo Preston, ubicado cerca de la bahía de Nipe, en la provincia oriental de Holguín. No obstante, para un observador cuidadoso no pasan desapercibidos otros dos discursos que se entretejen en el relato y dan otro sentido a la historia: el discurso de la memoria que intenta reconciliarse con su pasado y el cinematográfico propiamente dicho, que con un esteticismo esmerado ora recrea condiciones en que viven los moradores de Guatemala, ora se torna travieso y en contrapunteo con lo que se dice, nos hace un guiño irónico que permite otras lecturas. Es el caso por ejemplo de las imágenes que inician el film: la banda sonora deja escuchar la voz cansada y envejecida del máximo líder que cita una lista interminable de estadísticas para firmar que la industria nacional ha tenido un crecimiento significativo, mientras que las imágenes por su parte, muestran a una señora mayor que al compás de un balance se abanica como si la retahíla de cifras enrarecieran el aire.

Este entramado discurso, este tejido cinematográfico me permite proponer algunas reflexiones y es que Cuba: el arte de la espera es la historia de un viaje sin retorno, la confrontación íntima del pasado de la memoria y la búsqueda de una identidad y unos afectos familiares inexistentes.

Desde esta perspectiva, aún cuando el relato se recrea en contarnos las carencias y el racionamiento de alimentos de primera necesidad como son el aceite, el café, el arroz, la carne, el jabón o la pasta de dientes; aún cuando nos muestra un caserío desvencijado por el paso del tiempo, y el amasijo de vagones y piezas: esqueletos ferrosos de lo que en el pasado fuera el central azucarero Preston, éstas cosas no resultan novedosas para una audiencia informada. Hay sin embargo otro discurso, el de la memoria, que se revela esencial y desde los inicios augura el encuentro entre la voz discursiva (portadora del discurso de la memoria) y el pueblo testigo mudo de su niñez y juventud:

Un camino polvoriento y una vía férrea en vías de extinción conducen a mi pueblo, aislado entre el mar y los manglares en el extremo de una península. Siempre tuve la impresión de vivir en el fin del mundo….Regreso al pueblo después de 27 años de ausencia.

Foto de Orlando Luis Pardo Lazo

En ese camino hacia el pueblo, que la voz discursiva siente que queda en el fin del mundo, vive la madre, María Magdalena, centro y esencia de la historia. La madre es además interlocutora de la voz discursiva. Esto es, el discurso de la memoria de forma imaginaria “dialoga” con su madre, —repositoria de sus reflexiones— quien es en última instancia responsable de su existencia. Curiosamente, pese al rol protagónico, la imagen de la madre resulta contradictoria cuando el discurso de la memoria deja entrever dos impresiones que se entretejen caprichosamente. Si al comienzo sugiere: “Siempre tuve la impresión de que eras mayor que las mujeres de tu edad, luego dejaste de envejecer”. Más delante, el mismo discurso expresa:

Tu rostro me hacía pensar en una actriz muy popular de esa época del cine mexicano. Esta foto, la única de tu juventud fue tomada poco antes de haber encontrado a mi padre. De hecho, ambos se encontraban en la misma foto. Pero tú la cortaste en dos, después de vuestra separación. La otra mitad la vi en casa de mi padre. Tuve que renunciar a saber cómo encontraste a mi padre. Tú dices que no te acuerdas. Mi padre también lo ha olvidado.

Esto es, la presencia física de la madre que fue siempre para la voz discursiva la de una mujer mayor. La foto, sin embargo, evoca recuerdos de la niñez que han quedado relegados en su memoria ligados al pueblo al que ahora regresa a reconciliarse con su pasado, a restablecer el vínculo familiar que no ha existido por 27 años y que probablemente nunca existió.

A medida que transcurre el documental presenciamos el re-encuentro de la voz discursiva con una familia fragmentada: una hermana, Sara, que no sabe quién es su padre. Hermanos criados por un hombre que no es su padre biológico. Padres divorciados, y una sobrina con un hijo que no conoce a su padre…con estas palabras la voz discursiva lo reafirma:

Guardaste siempre tu pasado con un pudor extremo. Una zona de sombras rodeaba la familia que habías hecho a los 19 años antes de encontrar a mi padre. Aquel hombre desapareció y mis tres hermanas Zoila, Sara y Nidia pertenecen a ese pasado.
Paradójicamente, la voz discursiva que ha regresado en busca de la reconciliación con su pasado no puede disimular su perplejidad cuando se percata de que: “La intimidad de la familia no ha sido nunca rito ni virtud a compartir”.

En el documental el “diálogo” so n su madre es intermitente y alternan con las imágenes que muestran el paisaje desolado del pueblo, las casas viejas, o sin techos carcomidas carcomidas por tiempo. Restos de vagones convertidos en chatarra y pilotes aferrados al fondo de la bahía de Nipe, lo que en otra época fuera un muelle. No obstante, son las reflexiones sobre la identidad las que, de cierta manera, van construyendo la historia del viaje a los orígenes:

Partir o quedarse, volver o alejarse. Todos mis actos se resumen en esta paradoja…Los manglares siempre han constituido la frontera última del pueblo. Vengo a este sitio para transgredir una prohibición de mi infancia.
Con esta afirmación comienza a abrirse el discurso de la memoria, que busca en cada rincón del pueblo un asidero que le permita re-hacer su esencia. Esto es, conciliar sus expectativas que regresan al pueblo con los recuerdos preteridos en el tiempo.

En otro fragmento que se entreteje con las entrevistas a los familiares, la voz discursiva en ese diálogo imaginario con su madre reconoce el valor de su crianza cuando dice:

Tú me hiciste salir del embrutecimiento de la pobreza y de la sombre de un padre indiferente a fuerzas de astucias y de sacrificios enormes e incluso de mentiras, pero tú no te quejabas nunca del mundo o de la vida. Tú hablabas con rabia de nuestras privaciones y dificultades…Quizás ésta fue la causa de mi entusiasmo de adolescente por la redención prometida por el marxismo.
No obstante, la voz discursiva, una vez más, muestra su perplejidad cuando el discurso de la memoria, que como se ha dicho, intenta conciliar los recursos de la niñez se ve obligado a enfrentar las condiciones de vida que tienen los habitantes de Guatemala. Es así que dice:

El presente y los vestigios del pasado se entremezclan alrededor de mí: De un lado las injusticias de la sociedad cubana de mi infancia antes de la Revolución y del otro, la sociedad actual rehén de una ideología exangüe donde impera la corrupción y el fraude general.
En el documental, cada personaje entrevistado cuenta, a su manera, las dificultades e inconformidad con el sistema, cada discurso parece repetirse, sólo cambian el tono o las circunstancias, pero todos, coinciden y todos esperan, acaso por un cambio sin certeza, cuyo futuro incierto desconocen.

Rafael Rojas en una lectura de Eligio Resta sugiere que "Esperar es una experiencia despojada de toda certidumbre. El que espera a diferencia del que está esperanzado, no aguarda por algo edificante o redentor, sino que, más bien, sobrevive en esa oquedad de significados que ofrece el tiempo, en ese abandono desértico que funda la historia". (Rojas, 146). No es extraño, por tanto, que el mensaje que deja implícito el coro de voces sea: resistir para sobrevivir, de lo contrario, irse del país. Y aún cuando la tónica general es que queja, algunos entrevistados con sus observaciones refuerzan la idea de insilio que viven los habitantes del pueblo. Una de las voces dice:

El bloque de verdad lo tenemos aquí…El que vive en una provincia del país no puede mudarse para la capital…En tu tierra tú no puedes mudarte para donde tú quieras…La Habana es la capital, el resto del país son áreas verdes.
Esas imágenes de encierro y atemporalidad la refuerza el discurso cinematográfico cuando nos muestra el poblado de Guatemala “congelado” en su existencia, atrapado en las limitaciones de la subsistencia cotidiana que por décadas ha impuesto el sistema, atado a una ideología totalizadora e inoperante. Con el tiempo los nacionalismos vencedores depositan la “verdad” exclusivamente en sí mismos y relegan la falsedad a la inferioridad de la gente de afuera (como es el caso de la retórica del socialismo cubano frente a las “agresiones” del imperialismo norteamericano). No obstante, el tiempo, con sus huellas inexorables, ha envejecido a sus moradores y ha destruido la infraestructura económica de la sociedad.

La voz discursiva que busca en los rincones de la niñez, un asidero de afecto que le permita conciliarse con su pasado trasluce, sin embargo, la incomunicación afectiva que desde muy temprano tuvo con su madre. Las líneas que siguen así lo revelan:

Caminamos tantas veces por estas calles bajo el sol abrasador: tú hablando incesantemente debajo de tu sombrilla desteñida y yo en silencio. El mundo estaba allí siempre presto a traicionarnos y tú me preparabas para la vida con monólogos interminables que yo comprendía apenas. Yo te escuchaba casi siempre ausente y de este modo logramos conservar esta incomprensión.
Paradójicamente, el único momento en el cual la familia parece comulgar en un acto de afecto colectivo ocurre cuando se acercan a la muerte, en medio del camposanto frente a los restos de una antepasada fallecida. Pero no hay más. Y la voz discursiva debe reconocer el fracaso de su intento. Debe replegarse y admitir que los lazos de afectos que lo podrían atar al pasado son inaccesibles:

Las madres —dice— son susceptibles y no consienten que los hijos se tomen libertados con el ayer y sus secretos. María Magdalena Rodríguez Escalona, hija de José y de María. Yo crecí a la sombra de tus penas y secretos. Ignoro todo sobre tu pasado. Éste es un reto del cual sales definitivamente invicta…Un día partirás llevándote contigo tu jardín secreto.
Se ha levantado el puente colgadizo que conecta el pasado con el presente. No hay amargura pero la resignación obliga a las reflexiones:

Advierto sólo ahora —dice— que durante estos días de reencuentro no me preguntaste nunca lo que he hecho en Europa durante esta larga ausencia, ni por qué tomé el camino del exilio. El verdadero exilio es el retorno.

Esto es el retorno, la confrontación íntima con el pasado de la memoria y la búsqueda de la identidad y los afectos familiares devienen para la voz discursiva, sin lugar a dudas, una forma de exilio. Los logros del exiliado están minados siempre por la pérdida de algo que ha quedado atrás para siempre. A decir de Edward Said, “El exilio es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar…” (170).

Si el exilio es la experiencia en la que se pierde todo de un golpe: la infancia, los sonidos, los afectos del mundo en el cual se ha vivido y el ser queda reducido asimismo, no puede ser más revelador el hecho de encontrar más allá del abandono en que viven los moradores de Guatemala, más allá de las casas desvencijadas y la chatarra de lo que fuera el central Preston, a unos familiares que viven en un universo cuyas ausencias afectivas son comparables a la experiencia del verdadero exilio. Por eso me pregunto si las imágenes que ponen fin al relato fílmico en las cuales se ven rostros “congelados” en esa oquedad de significados, es la espera sin esperanza, sin certidumbre de futuro —a la que se refiere Rojas— o es por el contrario, un acto de reflexión de la voz discursiva que muestra a sus familiares en ese universo ausente, despojados de afectos como testigos mudos, que le han impedido el retorno a sus orígenes.

No hay dudas que los habitantes de la isla, las autoridades que rigen su destino, la economía y la sociedad cubana se han anquilosado en el tiempo, pero, me pregunto, ¿la ausencia de afectos, de solidaridad y de calor familiar están condicionados también por esa realidad?


Texto Citado

Said, Edward. Reflexiones sobre el exilio, Editorial Debate.

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